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¿Por qué “Interferencias: interseccionalidades-cuerpos-territorios”?

Interferencias surge desde una necesidad muy concreta y profundamente encarnada: encontrar otras formas de sostener la vida cuando los ritmos del mundo productivista no pueden seguirse, cuando los cuerpos no responden a las exigencias de utilidad, rendimiento y disponibilidad permanente que impone el sistema. Nace como respuesta frente a un presente capitalista y capacitista que expulsa, precariza y deja fuera a quienes no encajan en sus lógicas de productividad y normalidad.

La entidad surge, así, como una apuesta política y práctica, queríamos movilizar alternativas. No solo imaginar otros mundos y formas posibles, sino ensayarlos en lo cotidiano: generar formas de sostén, cuidado, redistribución y movimiento económico desde la autogestión, la reciprocidad y el apoyo mutuo. Entendemos la economía no como acumulación o beneficio, sino como una herramienta para sostener vidas, abrir posibilidades y construir comunidad. Porque frente a la expulsión elegimos la red; frente al aislamiento, la interdependencia; frente a la competencia, lo común.

El nombre aparece desde ahí: interferencias. Porque ninguna vida existe sola. Nuestros cuerpos, identidades, afectos, condiciones materiales y territorios están constantemente atravesados por múltiples relaciones de poder, violencias, resistencias y cuidados. Las vidas se cruzan, se afectan y se transforman mutuamente.

Pero Interferencias también nombra nuestra voluntad de generar rupturas en el orden normativo que organiza la vida social. Entendemos la interferencia como una acción política: alterar aquello que se presenta como natural, inevitable o universal para abrir espacio a otras formas de existencia, relación y organización colectiva. Interferir es producir un salto allí donde se espera que todo sea lineal; abrir grietas donde parecía haber únicamente certezas; desplazar aquello que aparece como estable (normativo) para hacer visibles otras formas de habitar el mundo.

Desde una perspectiva queer e interseccional entendemos que las luchas no pueden separarse en compartimentos estancos porque tampoco lo hacen las violencias. Las experiencias atravesadas por el género, la sexualidad, la racialización, la discapacidad, la clase social, el territorio o las condiciones materiales no actúan de manera independiente, sino entrelazadas. Del mismo modo, las resistencias y las redes de apoyo tampoco pueden construirse de forma aislada. La interseccionalidad no es solo una suma de identidades, sino una forma de comprender cómo operan conjuntamente las estructuras de poder y cómo podemos construir alianzas políticas y afectivas más amplias.

Por eso hablamos también de cuerpos y territorios. Los cuerpos porque partimos de lo vivido, de las experiencias en nuestros cuerpos como contenedores no sólo de violencias sino también de muchas potencialidades, de los cuerpos considerados improductivos, incómodos o fuera de la norma. Y los territorios porque entendemos que los espacios que habitamos —físicos, sociales, económicos, afectivos y simbólicos— también están atravesados por relaciones de poder, memoria y pertenencia. También porque pensamos desde la metáfora de cuerpo – territorio.

Pensarnos desde interseccionalidades-cuerpos-territorios nos lleva inevitablemente a la reciprocidad y a la interdependencia. A reconocer que ninguna transformación ocurre en soledad y que la vida siempre está sostenida por otras vidas. Lo común, para nosotres, no es una abstracción: es una práctica cotidiana hecha de responsabilidad compartida, de cuidados, de escucha y de compromiso. Implica preguntarnos cómo habitamos las relaciones, cómo sostenemos a otres y cómo nuestras acciones pueden reproducir o desafiar las estructuras que queremos transformar.

Somos Interferencias porque queremos alterar la frecuencia de este mundo. Introducir ruido allí donde nos quieren silencio. Generar comunidad donde nos quieren aislamiento. Abrir espacio para otras economías, otros tiempos y otras formas de existencia. Y hacerlo desde la ternura, la acción colectiva y la convicción de que ninguna vida debería quedar fuera.